III Llegan al Mar de México (1519)

A Veracruz va el viento asesino. 
En Veracruz desembarcaron los caallos. 
Las barcas van apretadas de garras 
y barbas rojas de Castilla. 

Son Arias, Reyes, Rojas, Maldonados, 
hijos del desamparo castellano, 
conocedores del hambre en invierno 
y de los piojos de los mesones. 

Qué miran acodados al navío? 
Cuánto de lo que viene y del perdido 
pasado, del errante 
viento feudal en la patria azotada? 

No salieron de los puertos del Sur 
a poner las manos del pueblo 
en el saqueo y en la muerte: 
ellos ven verdes tierras, libertades, 
cadenas rotas, construcciones, 
y desde el barco, las olas que se extinguen 
sobre las costas de compacto misterio. 

Irían a morir o revivir detrás 
de las palmeras, en el aire caliente 
que, como en horno extraño, la total bocanada 
hacia ellos dirigen las tierras quemadoras? 
Eran pueblo, cabezas hirsutas de Montiel, 
manos duras y rotas de Ocaña y Piedrahita, 
brazos de herreros, ojos de niños 
que miraban el sol terrible y las palmeras. 

El hambre antigua de Europa, hambre como la cola 
de un planeta mortal, poblada el buque, 
el hambre estaba allí, desmantelada, 
errabunda hacha fría, madrastra 
de los pueblos, el hambre echa los dados 
en la navegación, soplan las velas: 
"Más allá que te como, más allá, 
que regresas 
a la madre, al hermano, al juez y al cura, 
a los inquisidores, al infierno, a la peste. 

Más allá, más allá, lejos del piojo, 
del látigo feudal, del calabozo, 
de las galeras llenas de excremento". 

Y los ojos de Núñez y Bernales 
clavadas en la ilimitada 
luz el reposo, 
una vida, otra vida, 
la innumerable y castigada 
familia de los pobres del mundo.