A MARGARITA

¡Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila 
bajo el dosel de tu melena blonda! 
¡Qué abismo tan profundo tu pupila, 
pérfida y azulada como la onda! 

El fulgor soñoliento que destella 
en tus ojos donde hay siempre un reproche 
viene cual la mirada de la estrella 
de un cielo ennegrecido por la noche. 

Tu rojo labio en que la abeja sacia 
su sed de miel, de aroma y embeleso, 
ha sido modelada por la gracia 
más para la oración que para el beso. 

Tu voz que ora es aguda y ora grave, 
llena de gratitud suena en mi oído, 
como el saludo arrullador del ave 
al sol naciente que despierta el nido.