1982 malvinas : la guerra desde el aire parte 1
Nacido en Alemania, el veterano corresponsal de guerra comenzó a trabajar con la cooperativa de noticias estadounidense en 1956 y se hizo famoso, no sólo por sus fotografías, sino por su capacidad para fichar talentos como colaboradores de la agencia AP en Saigón.
El director de fotografía de AP, Santiago Lyon escribió anoche en su cuenta de twitter: "el gran fotógrafo de AP Horst Faas ha muerto a los 79. Cariñoso, alegre, amigable y formidable, le echaremos de menos".
Una legión de fotógrafos de enorme prestigio reconoce en el fallecido ser el mentor de algunos de los mejores fotógrafos de guerra del mundo y sus imágenes fueron premiadas con el Pulitzer tanto en Vietnam en 1965, como en Bangladesh en 1972.
Gravemente herido en el sur de Vietnam en 1967 continuó su carrera profesional en la que dirigió el trabajo de otros legendarios reporteros de su época como Huynh Cong "Nick" Ut, también ganador del Pulitzer con su imagen de 1972 de la niña vietnamita abrasada escapando de un ataque de napalm.
Otro de los fotógrafos con quienes formó su equipo fue Eddie Adams autor de otra de las fotografías más conocidas de aquella guerra, la ejecución de un sospechoso por el jefe de Policía de Vietnam del Sur durante la ofensiva del Tet, en febrero de 1968. Los primeros destinos como reportero gráfico le condujeron por las guerras del Congo y Argelia hasta que fue trasladado a Saigón en 1962 y donde llegó el mismo día que su compañero Peter Arnett, con el que formó pareja de trabajo durante casi diez años. En 1976 fue destinado a Londres como editor senior para Europa hasta que se retiró en 2004 y es coautor de dos libros sobre fotógrafos de guerra muertos en la guerra de Indochina:" Requiem" (1997) y "Perdidos sobre Laos" (2003).
Algunos se preguntan por la supervivencia de las grandes obras de arte de nuestra cultura tras la Segunda Guerra Mundial, la más destructiva que ha habido. Por eso es legítimo conocer que de 1943 a 1951, aproximadamente 350 personas de trece naciones aliadas desempeñaron la anónima función de convertirse en «hombres y mujeres de los monumentos». Fueron los custodios de las Bellas Artes y Archivos de la sección (MFAA) de las fuerzas armadas aliadas. Quienes velaron por el patrimonio de Occidente anteponiendo sus vidas. Se convirtieron en ojos, oídos y brazos del proyecto cultural de «preservación» más ambicioso de la Historia después de todos los expolios y por encima de cualquier conspiranoia bélica.
Hombres de negro
Han pasado –anónimamente, hasta hoy– a los anales de la historia simplemente como «hombres de los monumento»; meros «hombres de negro» de nuestra cultura y patrimonio, pero justo es recordar también que, durante el fragor de los combates en el viejo continente –desde el De-sembarco de Normandía hasta que Alemania levantó los brazos en señal de rendición–, de aquel centenar que seres que se multiplicaban por tres sólo quedan unos pocos «resistentes del amor al arte». Ellos, durante el duro paso del Rubicón, decisivo para emprender el gran riesgo, en el fragor del hambre, la geopolítica y las bombas, cubrieron miles de kilómetros cuadrados para preservar cientos de edificios dañados y localizar antes que los nazis millones de artículos culturales para legarlos a generaciones venideras. Esta es la historia «anónima» de los luchadores de nuestra herencia artística y de nuestra cultura, y –posiblemente– quienes reescribieron nuestra sangrienta historia.
Aquellos que antepusieron su vida por la ética, la estética y el legado. O, cuando menos, una decena de «vigías» victoriosos alertas y valientes. Los mismos que construyeron sus propios mapas del tesoro a tenor de su saber, quienes revisaron los diarios de los conservadores del Lou-vre, aquellos que esquivaron saqueos o registros de catedrales, evitaron bombardeos y espiaron conversaciones para eludir nuevos expolios artísticos. Ellos. Los que comenzaron moviéndose en diferentes direcciones, pero terminaron la partida en el mismo lugar y al mismo tiempo: en los Alpes, cerca de la frontera entre Alemania y Austria, durante las últimas semanas de la guerra. Allí donde el gran tesoro de los nazis fue almacenado: obras de arte parisinas, robadas en su mayor parte a los coleccionistas judíos y los comerciantes. El patrimonio florentino y napolitano –el mayor premio y tesoro anímico de Hitler–, saqueado de las colecciones de arte y museos más importantes de Europa y oculto en las profundidades de una salina de las minas de trabajo, antes de que cayera en manos aliadas.
Para conocer los pormenores de cómo funcionó la caza del tesoro más grande del siglo pasado, ha nacido este libro. Didáctico, ameno y ejemplarizante. Y, como suele ocurrir, la realidad supera la ficción. Hay escritores incatalogables porque suponen un género en sí mismos. Y en esta categoría se adscribe Edsel, el empresario petrolífero que un buen día decidió consagró su vida a la divulgación del legado de las personas dedicadas a la sección de las «Monuments Men». A través de las experiencias personales de estos hombres y mujeres, el autor dibuja un panorama amplio de sus hazañas en pro del arte como la parte visible de lo más sublime del ser humano y su postura ante el caos. ¿Acaso la única forma de combatir la barbarie? Su narrativa no huye, observa su tiempo y convierte las preocupaciones actuales en material de análisis, estudio y memoria. Porque las personas cuyos testimonios recoge dieron nombre a nuestro presente y dibujan una lista tan nutritiva como disfuncional, pero siempre heroica.
La batalla del bien y el mal
Así comprobamos cómo en estas páginas, el lenguaje se convierte en una instancia fría, contenida, por momentos incluso forense, para acercarnos con rigor a la verdad de los hechos. Pese a todo, acuña párrafos escritos con infinita esperanza, aunque no sabemos si lo serán para nosotros, o para las generaciones venideras. Si la frase de Edmund Burke –«Todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que las personas de bien no hagan nada»–, nace de la certeza, nunca fue más cierta que en esta ocasión. Ellos lo hicieron. Son los mismos que dieron su vida por cada efigie, cuadro y objeto que era un gran tesoro. Piezas que se habían hecho desde la genialidad, la perversión, el dolor, la denuncia o la constatación de la historia. Arte que, en su afán de exponer, narrar y cuestionar, encontramos una parte de nuestro pequeño espacio en el universo.
Aún las heridas de la guerra de las Malvinas siguen abiertas después de treinta años; sólo basta ver las declaraciones recientes de la presidenta Cristina Fernández, que protestó «a raíz de la militarización del Atlántico Sur por parte de Gran Bretaña», y las tristes consecuencias que arrastran los veteranos de guerra argentinos, todavía marginados socialmente y afectados psicológicamente por aquella derrota que dañó como nunca el orgullo de toda una nación: entre sus filas, se llevó la vida de 649 compañeros, a lo que hay que añadir la muerte de 255 militares británicos y tres civiles isleños. Pero, ¿qué son las Malvinas? a unos cientos de kilómetros del conocido cabo de Hornos, en el extremo sur del continente americano, se encuentran las Islas Malvinas (las más importantes son Soledad, Gran Malvina, San José, Trinidad, Borbón, Bougainville, San Rafael y Águila).
Pueblo de pescadores
Hoy, están consideradas un territorio no autónomo, por parte de las Naciones Unidas, bajo la supervisión del Comité de Descolonización. Para los argentinos, estas islas siempre pertenecerán a la Provincia de Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Hoy están habitadas por algo más de tres mil malvinenses, de nacionalidad británica y religión cristiana en su mayoría; la capital administrativa es Puerto Argentino/Stanley y su economía está basada sobre todo en la pesca. El conflicto abierto que mencionábamos al principio no es reciente, sino que sus orígenes cabe buscarlos prácticamente en el tiempo del descubrimiento de las islas, allá por el siglo XVI, cuando estaban deshabitadas.
La historia de las Malvinas o Falklands (si nos referimos a ellas por su nombre en inglés) es la que sigue. A finales del XVII ya habían sido tierras de interés geoestratégico para las grandes armadas del momento, la británica, la española y la francesa, que lidiaron en pos de lograr su soberanía. Sin embargo, Argentina, en el año 1820, se las arregló para reivindicar sus derechos sobre ellas, aunque el logro les duraría verdaderamente muy poco: el 2 de enero de 1833, el capitán John James Onslow intimidó lo suficiente a los argentinos para tomar posesión de las Malvinas y forzar la marcha de sus ocupantes en nombre del rey de Inglaterra. Ciento cuarenta y nueve años después, el 2 de abril de 1982, aún con la idea de que las islas estaban siendo ocupadas por una potencia invasora, la Marina argentina desembarcó allí para dar inicio a una guerra que iba a durar seis semanas y que no iba a cambiar nada: al acabar, el 14 de junio, todavía la Administración británica era dueña y señora de las Falklands.
Ahora, coincidiendo con esta onomástica, la editorial Fórcola recupera, gracias al trabajo del escritor y profesor universitario argentino Daniel Attala, el panfleto que en marzo de 1771 –de forma anónima, como era costumbre– publicó Samuel Johnson, el gran crítico literario y lexicógrafo inglés, titulado «Sobre las recientes negociaciones en torno a las islas Falkland». Attala asegura en el prólogo que «no siempre fue Johnson tan ferviente abogado de la paz», pues no en vano el autor de «Vidas de poetas ingleses» destacó por su monarquismo conservador y su devoción anglicana, pero «de una punta a otra del panfleto el pacifismo es relativo al valor de lo que estaba en juego, y es obvio que para Johnson (a diferencia de lo que dejarían entender los generales argentinos y el gobierno de Margaret Thatcher dos siglos más tarde), las islas en cuestión no valían una guerra». Un argumento bastante demoledo que da idea de lo que opinaba el escritor sobre ellas.
Historia de invasiones
De este panfleto hablaría también el biógrafo del escritor, James Boswell, en su célebre y monumental libro titulado «Vida de Samuel Johnson» (1791), que publicó hace unos años la editorial Acantilado. Un libelo que estaba destinado a advertir «de la calamidad de la guerra; calamidad tan horrible que sorprende que naciones civilizadas y aun cristianas persistan todavía en ella en forma deliberada. Su descripción de las miserias de la guerra en este panfleto es una de las piezas de elocuencia más preciosas de la lengua inglesa».
Así, el texto del doctor Johnson aúna reflexión moral, juicio político y calidad literaria, y por eso sigue todavía vigente hoy en día, mucho después, además, de que fuera publicado en un diario bonaerense, en 1936, en la que fue su primera traducción al castellano. Asimismo, refiere Attala que, treinta años atrás, «muchos periodistas y estudiosos de diversas partes del mundo se sirvieron del panfleto de Johnson, ya sea para informarse de los antecedentes del conflicto o para inspirar en él sus reflexiones».
Y en efecto, el lector podrá conocer de forma muy documentada la historia de las diferentes invasiones que sufrió la isla a largo de su historia, los tejemanejes de los militares y las discusiones de derechos hasta llegar a una conclusión que resulta intachable: «Puesto que la guerra es el último remedio, todo expediente legal tiene que ser utilizado con el fin de evitarla». Claro está que los gobernantes de hace tres décadas no hicieron caso al hombre que, él solo, preparó un «Diccionario de la lengua inglesa» –algo que Boswell destaca como una heroicidad, considerando que esa labor la suele realizar un gran grupo de gente durante muchos años–; que era capaz de escribir cien versos en un día –caso de su poema «La vanidad de los deseos del hombre»–; que dominaba el latín, el francés y el italiano; que editó toda la obra de Shakespeare y cuya legendaria sabiduría es aún objeto de admiración.
Cien versos en un día
Samuel Johnson (Lichfield, Staffordshire, 1709- Londres, 1784) es una de las figuras literarias más importantes de Inglaterra: poeta, ensayista, biógrafo, lexicógrafo, está considerado por muchos como el mejor crítico literario en el idioma inglés y ha sido descrito como «el hombre de letras más distinguido de la historia inglesa». A él se debe, entre otros volúmenes capitales, la redacción del «Diccionario de la lengua inglesa» entre 1747 y 1755. En 1759 y en nada menos que dos semanas, redactó la novela «La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia», según dijo, para costear los funerales de su madre. Su enorme erudición y capacidad de concentración le permitieron escribir en una única jornada el poema «La vanidad de los deseos del hombre», de cien versos.